Georges Moustaki

 


Georges Moustaki

 

¡hasta siempre, guapo!

Maite Imbernón, 29/05/13


Me lo anunció Palo -mientras cenábamos en Colmar- con la delicadeza, incluso la ternura, de quien sabe que va a dar un buen disgusto. Y, sí, la noticia fue recibida con tristeza.

La cosa es que, durante el día y hasta la noche, su imagen no había parado de salir en las pantallas de televisión de los lugares por los que había ido pasando: las del metro, las del aeropuerto, las del hotel… Pero como aquel día iba como una moto ultimando detalles organizativos antes de la partida a Alsacia, no presté atención e imaginé que todo aquel despliegue se debía a que iba a dar algún concierto, o a que iba a sacar un nuevo disco. Ni se me pasó por la cabeza que podía tratarse del anuncio de su muerte. En mi cabeza, hay gente que nunca muere… hasta que muere.

Moustaki me ha acompañado durante mis 50 años. Primero, cuando niña, sonaba por todas partes y ya lo apreciaba a pesar de no comprender muy bien el sentido de sus canciones. Más tarde, mis hermanas mayores imponían sus melodías en el dormitorio, en los trayectos cotidianos en coche de casa al colegio y del colegio a casa, en los viajes más largos por las geografías francesa y española. Protestaba poco porque me gustaba mucho.

Así es que, con toda naturalidad, me aprendí de memoria sus letras y sus músicas y, con la misma naturalidad, empecé a tocarlas cuando tuve entre mis brazos y mis dedos mi primera guitarra. Desde entonces, ni me han abandonado ellas a mí ni yo a ellas.

Debía de tener 14 o 15 años cuando asistí por primera vez a uno de sus conciertos en el Jai-Alai de San Juan de Luz, y me enamoré de él como la quinceañera que era. La chica que lo acompañaba y le hacía las voces -creo recordar que se llamaba Marta Contreras-, fue durante meses el objeto de mi envidia más envidiosa, de modo que me dediqué yo misma,  cuando  la soledad del dormitorio lo permitía, a imitarla. Desplegué mi registro más agudo (¡un desastre!) con el sueño de, algún día, hacerme notar por el objeto de mis pálpitos. Cosas de la edad...

Muchos años más tarde, hace unos ocho o nueve, lo ví por última vez en un Galileo abarrotado de gente, desde el gallinero del local, acodada a la barra de arriba. Volvió a levantar pasiones, adicciones, voces y admiración. ¡Qué momentazo! 

En mi época de adolescente (hace ya tanto, ¿verdad?), un plan bastante habitual con los amigos consistía en reunirnos con nuestros instrumentos (guitarra y armónica principalmente) y cantar, cantar en las playas, en el campo, en los parques, en las plazas, en casa de unos y de otros, en los viajes, en los andenes de las estaciones… Y, sinceramente os digo que no recuerdo ni una sola de aquellas reuniones en que las canciones de Moustaki no se dieran cita. Nos las sabíamos de pe a pa, las cantábamos con sentimiento renovado, como si no dejáramos nunca de descubrirlas. Hoy recuerdo con cierta nostalgia y mucho asombro que algún franco que otro me cayó cantando en los pasillos de la estación de Saint-Lazare cantando "Grand-père", "En Méditerranée", "Ma solitude"...

Cuando me llegó la edad de componer mis propias canciones, él fue la referencia, el modelo a seguir, el maestro. Por fortuna para quien escuchaba mis creaciones de principiante, la fiebre de escribir canciones duró lo que un suspiro y me limité, menos mal, a escuchar y a cantar las de los autores admirados: Brassens, Ferrat cantando a Aragon y él, claro.

Y no, no se me pasó con la edad, qué va, si no que os lo digan mis alumnos que siguen comiéndose curso tras curso sus canciones. Este año han caído "Sans la nommer" (con la excusa de los pronombres relativos), "Déclaration" (con la excusa del empleo del indicativo y subjuntivo en las completivas), "Le temps de vivre" (con la excusa del futuro). No satisfecha con colocarles su voz, les pongo también sus vídeos para que admiren, además de a un ser comprometido, a uno de los hombres más guapos y más elegantes que ha dado la madre naturaleza. Esa melena y esa barba canas, esa camisa inmaculadamente blanca, esa mirada profunda, esas manos  delicadas de dedos finos y largos… ¡Qué pasada! Lo confieso, todavía hoy los ojos me hacen chiribitas.

A pesar de los años, sigue habiendo algún que otro cedé en casa y su correspondiente copia en el coche y lo escucho con ganas, con placer y con emoción.

Estos días más que nunca.

Me ha costado mucho -¡horas!- elegir, entre sus decenas de maravillosas canciones, una para esta entrada que quiere ser un homenaje. Al final, me he decidido por una de las primeras, una de las clásicas, "Ma liberté", sin grandes arreglos musicales (salvo, para esta versión en directo, la introducción del piano). Me viene al pelo porque, como soy boba, y en contra de lo que dice la canción elegida, quiero creer que tiene que poder ser, tiene que poder darse una historia de amor y libertad. Una historia de amor sin carceleros.

Me niego a creer que sea imposible.


 

Yo declaro el estado de felicidad permanente

 


"Déclaration". Georges Moustaki

 


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